Don Rafa

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Casi lo atropello y al final de cuentas, el atropellado fui yo. 

Resulta que ayer en la noche, camino a casa, iba manejando y viendo mi teléfono. Al dar la vuelta en una esquina, casi atropello a un indigente que bailaba por la calle, muy en su mundo y alejado de la realidad.

Apenas pude esquivarlo.

Bajé de inmediato para ver como estaba, solo tenía algunas raspaduras en los brazos y piernas, pero nada grave.

Lo convencí de ir a un hospital. Al llegar, lo atendieron de inmediato y nos dijeron que todo estaba bien. Se me ocurrió invitarlo a cenar, a lo cual accedió sin decir palabra alguna. Fuimos a un restaurante ahí cerca, de esos que están abiertos las 24 horas y sirven comida rica y variada.

Fue entonces que sucedió la historia.

Nos sentamos. La gente se nos quedaba viendo y él seguía en su mundo de ropa sucia, larga barba, botas de militar, piel clara oscurecida por la mugre y siempre tarareando algo de música. Llamaron mi atención sus manos delicadas, como de alguien ajeno a la calle.

Para entonces ya sabía algo de él. Era Rafael Quintero, de 67 años de edad, con 13 días sin bañarse y 22 años en las calles.

Su plática era difícil de seguir, se necesitaba ser muy curioso y persistente para poder hilar sus frases inconexas y todos sus pensamientos mal armados y siempre interrumpidos, ya sea por una melodía o por una mímica simulando tocar un instrumento.

Nos dieron el menú y el lo tomó como suele tomar la vida, al revés.

Increíblemente lograba leerlo mientras hacía melodías con los nombres de los platillos. Construía música con el machacado y los chilaquiles, piezas que bien podrían haber sido jingles del restaurante. 

Trataba de saber más de su historia y él me ignoraba para tomar el popote, a manera de batuta y dirigir la orquesta que tenía ante sus ojos y en su realidad propia. Le ponía mucho corazón, bastante. Se emocionaba tanto que yo me sentía ciego, al no poder ser parte de la obra que disfrutaban él y los suyos, esos compañeros que imaginaba y guiaba con sus manos y expresiones.

Se me hacía muy loco e interesante.
Era imposible no contagiarse.

Mi nivel de preguntón profesional me permitió sacarle, por fin, algo de su historia.

Fue un niño prodigio en la música.
Educado desde pequeño, con todos los recursos a su disposición.

“Vivaldi fue mi primer héroe de la infancia”. Me contaba mientras tarareaba La Primavera y hacía aspavientos con los brazos.

Cada 5 o 7 minutos se paraba de la mesa, ya sea para tocar algún instrumento con su orquesta imaginaria, o para dirigirla. 

A veces, solo para regañar a quien no tocaba como él quería.

Mozart y Haydn fueron su objeto de estudio en la adolescencia.
Bach, cuando joven.
Beethoven, su especialidad.

Al pasar por estos 4 nombres, se ponía de pie cada vez que los mencionaba. Era impresionante la honra que les ofrecía.

Todo era un espectáculo, hasta que, de repente, lo asaltó una desconexión.

Su semblante cambió.
El lugar se llenó de silencio y mucha tensión.
La nostalgia invadía el ambiente y la orquesta se desvanecía.

Se detuvo la música.

En eso, tomó lentamente una servilleta y dibujó varios pentagramas.

Los llenó cuidadosamente con notas musicales mientras algunas lágrimas manchaban la tinta.

No parecía colocarlas de forma aleatoria.
Tenían secuencia y sentimiento.
Todo en ese momento era sentimiento.

Me dio la servilleta cuidadosamente al tiempo que se paraba y con una mirada firme, como dándome una instrucción, me dijo: “Entrégale esta carta a mi esposa. De seguro la verás en la eternidad”.

Dio media vuelta y se fue cantando.

Hoy por la mañana le pedí a mi sobrina que tocara la partitura en la servilleta.

Fue así que conocí a la esposa de Don Rafa.
En un fragmento de eternidad.

Memoria
La mente guarda celosahistorias que he creadoy memorias que aún sigo tergiversando.
Son como personajes que han articulado mi propia mitología.
La mente hospeda realidades alternastan lejanas como el deseoe indescifrables como el hubiera.
La mente juega conmigoy lo hace contigoalterando nuestros pensamientos.
Son como pasajes de historias que aún no se cuentan.
Son juegos de la memoria.Soy juegos de memoria.Somos juegos sin memoria.
… Según recuerdo.

———————Imagen: Tomada de Flickr (solo por un rato y sin permiso).

Memoria

La mente guarda celosa
historias que he creado
y memorias que aún sigo tergiversando.

Son como personajes que han articulado mi propia mitología.

La mente hospeda realidades alternas
tan lejanas como el deseo
e indescifrables como el hubiera.

La mente juega conmigo
y lo hace contigo
alterando nuestros pensamientos.

Son como pasajes de historias que aún no se cuentan.

Son juegos de la memoria.
Soy juegos de memoria.
Somos juegos sin memoria.

… Según recuerdo.

———————
Imagen: Tomada de Flickr (solo por un rato y sin permiso).

Se vale llorarMira a su padre con cara de desconcertado, nunca lo había visto gritar tanto. Ni siquiera cuando lo regaña, ya sea por no hacer la tarea o por irse de pinta, da lo mismo, el regaño se siente igual.

Hacía solo 10 minutos que los gritos y las lágrimas eran de alegría y euforia, ahora todo es cosa de insultos y groserías, a veces dirigidos al señor de amarillo, a veces al calvo anaranjado, a veces al portero güerito, a veces al de a lado, al de enfrente, al de la bandera, al que no se calla y al que se la pasa preguntando.

No entiende que está pasando.

Y es que siempre le habían dicho que para pasar de una emoción a otra, tan rápido, tenías que ser mujer y pues no, el estadio está lleno de puros señores como su papá, con camisetas verdes, bigote, sombreros y cerveza en mano. La escena es indescifrable y la pregunta imposible de evitar: “¿se vale llorar?”.

La respuesta está por suceder.

Por cada segundo que pasa, un ojo se inunda de lágrimas, de esas que se niegan a llegar, como el grito de gol que tampoco llega, ni llegará.

Y el niño sigue sin saber como reaccionar.

Finalmente se escucha el silbatazo que da permiso a las lágrimas, al desaliento y a la imborrable frustración.

Los de naranja brincan y algunos locales se burlan, los de verde reaccionan y algunos reparten golpes a los provocadores sin distinción de raza y género. Va parejo para todos y todas.

En eso, la policía llega según para calmar la bronca y llevarse algunos revoltosos, como ese de barba que se parece a su papá, con la misma camiseta, panza y bigote. Ese que le grita algo a la policía -en sabrá Dios que idioma- que para empezar no entiende lo que dice y no tiene el menor indicio de querer conversar.

Lo ve alejarse mientras las tribunas se vacían como cuando se rompe una taza. Voltea y se da cuenta que está solo, mientras los de a lado se siguen golpeando y los demás verdes siguen con el llanto, inconsolables.

Busca a su papá, no lo encuentra y le cae el veinte que era el del pleito, ese que llevaba arrastrado la policía con destino desconocido.

El morro no sabe que hacer.

La gente sigue en estado zombie, llorando y echando madres. Sería inútil pedir ayuda.

Se acuerda de la cancha y ve que los de la sele también están tirados lloriqueando como niñas, destrozados y abatidos.

En ese momento se suelta, por fin, a llorar.
Aunque ignora si es por la selección o por su papá.


Pero sabe que sí se vale: se vale llorar.

———————Foto tomada en el partido México (1) vs Holanda (2) del mundial Brasil 2014. Casi no se ve, pero unos brasileños se estaban burlando de la derrota de México, y unos paisanos los agarraron a golpes. Hasta una brasileña que no se callaba alcanzó.
p.d. #NoEraPenal

Se vale llorar

Mira a su padre con cara de desconcertado, nunca lo había visto gritar tanto. Ni siquiera cuando lo regaña, ya sea por no hacer la tarea o por irse de pinta, da lo mismo, el regaño se siente igual.

Hacía solo 10 minutos que los gritos y las lágrimas eran de alegría y euforia, ahora todo es cosa de insultos y groserías, a veces dirigidos al señor de amarillo, a veces al calvo anaranjado, a veces al portero güerito, a veces al de a lado, al de enfrente, al de la bandera, al que no se calla y al que se la pasa preguntando.

No entiende que está pasando.

Y es que siempre le habían dicho que para pasar de una emoción a otra, tan rápido, tenías que ser mujer y pues no, el estadio está lleno de puros señores como su papá, con camisetas verdes, bigote, sombreros y cerveza en mano. La escena es indescifrable y la pregunta imposible de evitar: “¿se vale llorar?”.

La respuesta está por suceder.

Por cada segundo que pasa, un ojo se inunda de lágrimas, de esas que se niegan a llegar, como el grito de gol que tampoco llega, ni llegará.

Y el niño sigue sin saber como reaccionar.

Finalmente se escucha el silbatazo que da permiso a las lágrimas, al desaliento y a la imborrable frustración.

Los de naranja brincan y algunos locales se burlan, los de verde reaccionan y algunos reparten golpes a los provocadores sin distinción de raza y género. Va parejo para todos y todas.

En eso, la policía llega según para calmar la bronca y llevarse algunos revoltosos, como ese de barba que se parece a su papá, con la misma camiseta, panza y bigote. Ese que le grita algo a la policía -en sabrá Dios que idioma- que para empezar no entiende lo que dice y no tiene el menor indicio de querer conversar.

Lo ve alejarse mientras las tribunas se vacían como cuando se rompe una taza. Voltea y se da cuenta que está solo, mientras los de a lado se siguen golpeando y los demás verdes siguen con el llanto, inconsolables.

Busca a su papá, no lo encuentra y le cae el veinte que era el del pleito, ese que llevaba arrastrado la policía con destino desconocido.

El morro no sabe que hacer.

La gente sigue en estado zombie, llorando y echando madres. Sería inútil pedir ayuda.

Se acuerda de la cancha y ve que los de la sele también están tirados lloriqueando como niñas, destrozados y abatidos.

En ese momento se suelta, por fin, a llorar.

Aunque ignora si es por la selección o por su papá.

Pero sabe que sí se vale: se vale llorar.

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Foto tomada en el partido México (1) vs Holanda (2) del mundial Brasil 2014. Casi no se ve, pero unos brasileños se estaban burlando de la derrota de México, y unos paisanos los agarraron a golpes. Hasta una brasileña que no se callaba alcanzó.

p.d. #NoEraPenal