Se vale llorarMira a su padre con cara de desconcertado, nunca lo había visto gritar tanto. Ni siquiera cuando lo regaña, ya sea por no hacer la tarea o por irse de pinta, da lo mismo, el regaño se siente igual.

Hacía solo 10 minutos que los gritos y las lágrimas eran de alegría y euforia, ahora todo es cosa de insultos y groserías, a veces dirigidos al señor de amarillo, a veces al calvo anaranjado, a veces al portero güerito, a veces al de a lado, al de enfrente, al de la bandera, al que no se calla y al que se la pasa preguntando.

No entiende que está pasando.

Y es que siempre le habían dicho que para pasar de una emoción a otra, tan rápido, tenías que ser mujer y pues no, el estadio está lleno de puros señores como su papá, con camisetas verdes, bigote, sombreros y cerveza en mano. La escena es indescifrable y la pregunta imposible de evitar: “¿se vale llorar?”.

La respuesta está por suceder.

Por cada segundo que pasa, un ojo se inunda de lágrimas, de esas que se niegan a llegar, como el grito de gol que tampoco llega, ni llegará.

Y el niño sigue sin saber como reaccionar.

Finalmente se escucha el silbatazo que da permiso a las lágrimas, al desaliento y a la imborrable frustración.

Los de naranja brincan y algunos locales se burlan, los de verde reaccionan y algunos reparten golpes a los provocadores sin distinción de raza y género. Va parejo para todos y todas.

En eso, la policía llega según para calmar la bronca y llevarse algunos revoltosos, como ese de barba que se parece a su papá, con la misma camiseta, panza y bigote. Ese que le grita algo a la policía -en sabrá Dios que idioma- que para empezar no entiende lo que dice y no tiene el menor indicio de querer conversar.

Lo ve alejarse mientras las tribunas se vacían como cuando se rompe una taza. Voltea y se da cuenta que está solo, mientras los de a lado se siguen golpeando y los demás verdes siguen con el llanto, inconsolables.

Busca a su papá, no lo encuentra y le cae el veinte que era el del pleito, ese que llevaba arrastrado la policía con destino desconocido.

El morro no sabe que hacer.

La gente sigue en estado zombie, llorando y echando madres. Sería inútil pedir ayuda.

Se acuerda de la cancha y ve que los de la sele también están tirados lloriqueando como niñas, destrozados y abatidos.

En ese momento se suelta, por fin, a llorar.
Aunque ignora si es por la selección o por su papá.


Pero sabe que sí se vale: se vale llorar.

———————Foto tomada en el partido México (1) vs Holanda (2) del mundial Brasil 2014. Casi no se ve, pero unos brasileños se estaban burlando de la derrota de México, y unos paisanos los agarraron a golpes. Hasta una brasileña que no se callaba alcanzó.
p.d. #NoEraPenal

Se vale llorar

Mira a su padre con cara de desconcertado, nunca lo había visto gritar tanto. Ni siquiera cuando lo regaña, ya sea por no hacer la tarea o por irse de pinta, da lo mismo, el regaño se siente igual.

Hacía solo 10 minutos que los gritos y las lágrimas eran de alegría y euforia, ahora todo es cosa de insultos y groserías, a veces dirigidos al señor de amarillo, a veces al calvo anaranjado, a veces al portero güerito, a veces al de a lado, al de enfrente, al de la bandera, al que no se calla y al que se la pasa preguntando.

No entiende que está pasando.

Y es que siempre le habían dicho que para pasar de una emoción a otra, tan rápido, tenías que ser mujer y pues no, el estadio está lleno de puros señores como su papá, con camisetas verdes, bigote, sombreros y cerveza en mano. La escena es indescifrable y la pregunta imposible de evitar: “¿se vale llorar?”.

La respuesta está por suceder.

Por cada segundo que pasa, un ojo se inunda de lágrimas, de esas que se niegan a llegar, como el grito de gol que tampoco llega, ni llegará.

Y el niño sigue sin saber como reaccionar.

Finalmente se escucha el silbatazo que da permiso a las lágrimas, al desaliento y a la imborrable frustración.

Los de naranja brincan y algunos locales se burlan, los de verde reaccionan y algunos reparten golpes a los provocadores sin distinción de raza y género. Va parejo para todos y todas.

En eso, la policía llega según para calmar la bronca y llevarse algunos revoltosos, como ese de barba que se parece a su papá, con la misma camiseta, panza y bigote. Ese que le grita algo a la policía -en sabrá Dios que idioma- que para empezar no entiende lo que dice y no tiene el menor indicio de querer conversar.

Lo ve alejarse mientras las tribunas se vacían como cuando se rompe una taza. Voltea y se da cuenta que está solo, mientras los de a lado se siguen golpeando y los demás verdes siguen con el llanto, inconsolables.

Busca a su papá, no lo encuentra y le cae el veinte que era el del pleito, ese que llevaba arrastrado la policía con destino desconocido.

El morro no sabe que hacer.

La gente sigue en estado zombie, llorando y echando madres. Sería inútil pedir ayuda.

Se acuerda de la cancha y ve que los de la sele también están tirados lloriqueando como niñas, destrozados y abatidos.

En ese momento se suelta, por fin, a llorar.

Aunque ignora si es por la selección o por su papá.

Pero sabe que sí se vale: se vale llorar.

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Foto tomada en el partido México (1) vs Holanda (2) del mundial Brasil 2014. Casi no se ve, pero unos brasileños se estaban burlando de la derrota de México, y unos paisanos los agarraron a golpes. Hasta una brasileña que no se callaba alcanzó.

p.d. #NoEraPenal